Qué triste recorrer las calles de nuestra ciudad resignándome a respirar un aire de materialismo y mediocridad. Todo parece ser arreglado “a lo compadre” y nos conformamos con tan poco que a ratos me concentro en lo único bueno de esta ciudad para no tomar mis cosas e irme.
Este paseo de verano al centro nuevamente me hizo corroborar mi tesis. ¡Horrible!, exclamé al verlos. ¿De qué se trata tanta alharaca? Sencillo. La instalación de un nuevo aporte municipal al entorno: mobiliario urbano destinado a contener los desechos de los transeúntes. Un diseño que ni el menor de mis alumnos en clase de artes de séptimo básico sería capaz de presentar. Y cuando hablas con las autoridades se llenan la boca con el discurso de que los “elegidos de la mesa de artes visuales” decidieron esto y lo otro. De qué me hablan si el recién pasado Día de las Artes Visuales con un grupo de alumnos entregamos varias carpetas con modificaciones de espacios públicos de la ciudad que superan al cien por ciento en creatividad, diseño, ergonomía y funcionalidad a los recién apernados cajones azules metálicos, sin unidad en sus líneas y materiales. Para qué comentar cómo interactúan con el paisaje de la ciudad.
Como no quiero que esto se interprete como un ataque, invito a los “gestores o asesores culturales” del municipio a estudiar un poco de Modernismo, La Bauhaus o La escuela de Artes y Oficios con William Morris. Porque estoy seguro que el tipo que aplicó la hermosa costura de soldadura al arco de estos cajones, jamás conoció otro cosa. Por lo tanto se perdona. Otros son los responsables que se llenan los bolsillos a fin de mes con un sueldo que no merecen. Ineptos. Sí, porque basta con teclear en Google y nos encontramos con empresas especializadas en el rubro con ideas fantásticas, agradables a la vista, funcionales y relacionadas con lo que nos queda de ciudad. Aquí no quiero pensar mal y tampoco deseo detenerme en eso por ahora, pero espero que estos artefactos no sean producto de una licitación medio bruja por ChileRoba… mmm, se lo dejo a algún concejal para que investigue.
Pero insisto en mi deseo de cooperar un poco. Es importante que se den cuenta que el casco antiguo de Rancagua (ocho manzanas) cada día se hunde en un mar de contradicciones estéticas y arquitectónicas. Hace muchos años se le pidió a los alcaldes que mantuvieran un estilo otorgándole un sello propio a la ciudad, que la haga más visitada y por qué no, también turística. Pero no dio resultado. Cuando se cerró Independencia para convertirla en paseo peatonal instalaron un set de mobiliario urbano espantoso y de una frialdad que no va en lo absoluto con Rancagua. Tal vez el diseñador creyó que al crear unos postes con forma de picota exaltaría el carácter minero de la zona. O los poco agraciados quioscos con estilo de satélite Fasat-Alfa, todo en acero inoxidable, que bien trabajado hubiesen conseguido resultados bastante armónicos. De esa edición rescato los papeleros. Otra camada más con un toque Modernista son unos mobiliarios verdes con adornos de hojas por los costados, bastante más acordes con el sello colonial que deberíamos resaltar de la ciudad. Y por último, el ganador de todos los premios, el galardonado “Arturito”, un diseño atractivo y funcional que debería estar en nuestra ciudad en sus más recientes versiones.
* Sergio Evans es Profesor de Estado en Artes Visuales de la Universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación. Actualmente se desempeña como docente en los colegios Rancagua y Santa María Goretti y promueve el trabajo artístico desarrollado en las aulas escolares a través de su web Masarte.


