Quizás fue un destello de luz, aun más yo diría que fue la sombra que de súbito y fugazmente se erigió en la muralla. A fin de cuentas, ya estaba franqueado por la imagen. (Muchas veces éstas nos acompañaron cuando el irse a dormir se nos imponía por una orden paternal, pero las inquietudes infantiles terminaban por mandar, y nos entregábamos al juego clandestino de las sombras en las paredes, para dar paso, porque ellas se abrían paso como en un acto de invocación, a esas historias que sólo habitan la noche).
Fue así como poseído por la linterna mágica, creadora de luces y sombras, llegué (?) a encontrarme en la isla de Fârö con Bergman; quien realizaba un diestro movimiento con los dedos, (me hizo recordar al titiritero de la plaza de mi pueblo sureño, quien siempre nos sorprendía, mientras nuestra madre nos tiraba de la mano, pues la feria nos esperaba). Había en sus labios el asomo de una palabra, que no era capaz de articular, o la estaría atesorando para su propia revelación. Sentí, eso creí, la blandura de una butaca de cine; me apoltroné expectante a recibir esas bofetadas a mansalva que bien sabe dar en sus historias, por más que te prepares igual te remecen.
Veo que te atraen esas imágenes proyectadas, muchachito. Ya que estás aquí y te inquietan las incisivas preguntas de siempre. Sí, que… ¡¿cómo mis personajes son unos escapistas notorios?!, mira la escena:
Eva: Porque tú nunca escuchas…, porque tus sentimientos están invalidados, porque en realidad nos odias a mí y a Helena, porque estás encerrada sin remedio en ti misma…
Sí, recuerdo, señor Bergman, Eva hablando con su madre, en Sonata otoñal, todo el tiempo hablando, decidiéndose a decir lo que había quedado en la sordina de los conciertos de ésta. Estamos hechos, jovencito, de excusas, definiendo la realidad, y ensacando las palabras en acomodo a nuestros enfoques, decimos amar para eclipsar nuestras soledades, y cuando estamos en el umbral de las más intensas pasiones huimos justificándonos que esto … que aquello.
Eva: Tus palabras son válidas para tu realidad, mis palabras son válidas para la mía. Cuando las intercambiamos, carecen de valor.
Tantas soledades juntas. Mis personajes están en los abismos, no hay para ellos indulgencias, están acometidos por sus propias demandas, pospuestas por los compromisos, ¿con quién, con quiénes?, con negocios, olvidándose de sí mismos, olvidándose de amar. Cayendo sobre ellos una sonata, y reaccionando ya muy tarde, cuando huye el día, quedando sólo el enjugarse los labios con unas salvajes fresas y sentir los resabios de esos días que se escaparon, y el remordimiento de no haber sido resuelto cuando la vida así lo exigía.
Quedo en silencio, sólo las sombras continúan enunciando el movimiento continuo, y esos dedos en plena agitación, apoyándose en los muros, lo más sólido para la fragilidad de esos seres enmascarados.
Charlotte: Leonardo dijo una vez que …no, no lo recuerdo. “El sentido de la realidad es un don –dijo-. La mayoría de las personas carecen de este don y quizá es una suerte.” ¿Comprendes lo que quiso decir?
Señor Bergman, usted, usted… Yo siempre vengo a mirar estas paredes, su dureza, sus grietas, su textura se abre en infinitas venas. También huyo, pero es imposible huir.
Charlotte: Paul, cuando llegues a tu oficina, envíame un telegrama diciendo que me necesitas con urgencia de París … No resisto aquí un día más, pero me es imposible irme porque sí, necesito tener un motivo. Inventa lo que sea …
He pretendido enfrentar mis fantasmas, quedando envuelto en sábanas, pero luego el sollozo me despierta.
No es necesario que insista; mi padre, un pastor luterano, inculcó en mí el sentido del pecado, el perdón y la salvación. Solté amarras con el tiempo, sin embargo, siempre se me atraviesan sus rostros, atormentándome, encadenado a las rocas y abiertas las entrañas por las aves que están a la hora señalada. Marche, joven, de todos modos no irá muy lejos de aquí.
Hasta luego, señor.
Nota: Ingmar Bergman (1918-2007). Cineasta sueco, cuya formación religiosa (padre luterano), se ancló en su creación cinematográfica; siendo las cuestiones metafísicas un verdadero guión en toda su filmografía. El cuestionamiento ante Dios, el tema del pecado, la confesión y redención, son expuestos y encarnados por sus personajes, que se muestran frágiles y enrostrándose sus debilidades existenciales, muchos de ellos yendo a través de sus viajes a sus propios sepulcros. Entre otros, se destacan filmes como El huevo de la serpiente, Séptimo sello, Fresas Salvajes, Sonata otoñal, La Flauta Mágica, Fanny y Alexander.
*Alejandro Cabrera es Profesor de Estado en Castellano de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Ejerce la docencia en los colegios Cuisinaire y Santa María Goretti de Rancagua.

