21.30 horas
Casa del Voluntario del Hogar de Cristo
Sonia González, voluntaria de la red calle del Hogar de Cristo, unta panes con el contenido de una tripa de paté. Viste pantalón térmico, como los que usan los deportistas para practicar esquí, cuello de polar y un colorido gorro tejido a lana. Es día viernes, de carrete, reuniones sociales, comienzo de la tregua tras una semana de trabajo, sin embargo una decena de personas deja de lado sus preocupaciones personales para donar un bien inestimable: su tiempo.
Son más manos. Para preparar los termos con té, visitar a quienes viven en indigencia y proporcionar un instante fugaz de compañía a seres humanos que para la mayoría son invisibles. Incluso si habitan en el centro de la ciudad. Como José, un esquizofrénico que hizo de su morada al acceso a un antiguo banco e ícono local de las denominadas “personas en situación de calle”, más de siete mil en todo Chile según un censo de 2005.
El grupo dispone el pan en tres canastas y reparte los recipientes de bebestible. Antes de partir participamos de una breve reunión informativa dirigida por la coordinadora, Claudia Salazar. Estamos casi listos, porque aún falta algo. Formamos un círculo e invocamos al Padre Hurtado, rezamos un Padre Nuestro y un Ave María y abandonamos la sede con rutas predeterminadas.
22.30 horas
Calle Sargento Aldea
Traspasamos un portón de madera que oculta tres mediaguas y un par de habitaciones minúsculas que tienen por techo un trozo de nylon.
“Aló, Hogar de Cristo”, se anuncia Sonia.
Nos abre José, el primogénito de la familia con seis años. Junto a él, nos recibe un penetrante olor a humedad, a camas deshechas, a desidia. En lo que sería el lecho matrimonial descansan Carolina, una mujer joven de cabello desgreñado, y sus hijos Angelina, una niña de penetrantes ojos verdes, y el pequeño Alberto Andrés. En la parte baja de un camarote Manuel manipula el control remoto del aparato de televisión donde los pequeños ven el Discovery Kids.
Hace dos días que los niños mayores no asisten al colegio. “Hace mucho frío”, explica Carolina, quien no trabaja. Manuel lo hace esporádicamente, sobre todo en primavera, cuando sus servicios como jardinero son más solicitados. Ahora consiguió una pega menor pintando una vivienda, aunque ese día nadie se levantó de la cama. No lo sabemos, pero quizá esas marraquetas fueron el único bocado que los críos se llevaron a la boca esa jornada. Salimos de la mejora.
Un perro negro y lanudo ha volteado el balde de la basura y escarba en busca de algún alimento. Afuera de su oscura pieza aguarda la señora María, una mujer mayor que trabaja como empleada doméstica. Nos recibe con una bolsa para guardar su pan y un jarro donde las voluntarias vierten té para entrar en calor en una noche que se anuncia fría. Su vecino, también de la tercera edad, ya está dormido. En su cuarto el aire se cuela a través de las hendiduras. El cielo se asoma por cada resquicio de lo que vendría a ser el techo. Las voluntarias le dejan su ración, pues a veces los socorridos la reservan como desayuno.
Don Segundo, un abuelo que debe asistir a control médico al hospital, pero no tiene quien le acompañe y corre el riesgo de olvidar su citación, también reposa y no responde al golpe en la puerta ni al llamado de Sonia. Nos devolvemos al portón de acceso esquivando charcos y barro.
23 horas
Camino Santa Julia
En medio de un sitio eriazo, rodeado de basura, se ubica nuestra siguiente parada.
Claudia y Sonia deslizan la ligera cortina de plástico que hace las veces de puerta del ruco de un hombre de cabello gris. Se le ve mejor, aseguran, pues luego de sufrir una herida en su brazo izquierdo se mostraba inapetente. Pero siendo honestos Queno no parece nada bien. El viento descorrió el forro de nylon y la lluvia cayó sobre la parte de las frazadas que cubre sus pies. Acepta el sándwich y bebe el té servido en un vaso plástico.
Ese mismo día un hermano, quien vive a pocas cuadras, lo visitó para dejarle un plato de comida y algunos clavos cubiertos de óxido para reparar la vivienda. Como Queno, las personas en situación de calle perdieron los vínculos afectivos e institucionales. En algunos casos podrían regresar a sus hogares, pero no sin una cuota de recriminación de parte de sus familias. El nomadismo les ofreció una libertad ilimitada y no es fácil acostumbrarse nuevamente a las normas sociales.
En cualquier caso, es casi imposible optar cuando no existen opciones.
Medianoche
Estación de Servicio YPF de Avenida Cachapoal
Estacionamos en la bencinera y cruzamos la calle en dirección a la línea férrea.
“El Lucho” está herido. Una semana atrás sufrió una lesión corto punzante en una de sus rodillas. A la misma hora llegaba un grupo de voluntarias que lo condujo de inmediato al servicio de urgencia. Está advertido de abstenerse de beber vino, pues ha de cumplir con rigurosidad el tratamiento con antibióticos a fin de evitar infecciones. Nelson, el otro morador junto a “El Caricia”, hermano del convaleciente, insiste en la necesidad de vendas limpias para las curaciones previas al siguiente control.
“El Caricia” trae la tetera, mientras los anfitriones nos ponen al tanto de los hechos de la semana. Hubo un asalto en la estación de servicio, uno de los delincuentes intentó esconderse en la ruca y en medio del tumulto “El Lucho” recibió una estocada.
Dejamos a los hermanos en la casa y junto a Nelson, arquitecto de profesión, caminamos varios metros sobre los durmientes con destino a la choza de Jorge, la más precaria de las visitadas hasta ese instante. Sonia cuenta que por mucho tiempo este hombre se negó a cubrir su ruco. Dormía bajo el firmamento, invulnerable a los azares del clima. Su terquedad cedió de a poco. Primero levantó un techo que lo cubría hasta el ombligo. Luego lo extendió hasta las piernas.
Esta noche lo acompaña un amigo. Su ánimo chispeante revela que ambos han bebido. Se le percibe contento y locuaz. Por lo menos el alcohol calienta el cuerpo cuando el frío cala los huesos, sensación acentuada por la cercanía de una acequia. No sería extraño que un día Jorge amaneciera muerto, pero es porfiado y afirma que nunca recurrirá a la hospedería. Una y otra vez repite que su padre morirá antes que él, dolor que no logra quitarse de encima.
Dos de la madrugada
Bodega de la Estación de Rancagua
¿En qué punto el ser humano extravía el respeto hacia sí mismo?
¿O debiera decir en qué momento como sociedad somos incapaces de proteger a quien está al borde de un abismo?
En la bodega de la Estación de Ferrocarriles se reúnen los tres grupos de voluntarios, correspondientes a los sectores norte, centro y sur de la ciudad. Ingresamos a un galpón de grandes dimensiones, oscuro, sucio, saturado de accesos a través de los cuales el aire corre sin conmiseraciones. Un hombre mayor yace sobre un colchón sucio y húmedo, en la dirección exacta en que golpea el viento. Le han pegado en una disputa por dos colchonetas que tienen frazadas. Se ha orinado en los pantalones quizá cuántas veces. Esa noche podría morir de hipotermia. Afortunadamente acepta la invitación de Claudia a pasar la noche en la hospedería.
En el otro extremo encontramos a Dago, quien padece tuberculosis y porta el virus del Sida. Es joven, pero su rostro revela la pérdida de toda fe. En principio se muestra distante, pero después acepta un vaso de té y le pide un cigarrillo a una voluntaria.
2.30 horas
Bajo un camión
Al fondo de un pasaje sin salida, en un rincón del sector Baquedano, se estaciona el acoplado de un camión. Es el dormitorio de don Mario, quien bajo el vehículo armó una precaria cama con colchón de cartones. Apenas reconoce las voces de Sonia y Claudia parece alegrarse. Se pone nostálgico. Pide que no se vayan tan rápido y compartan un tecito. “¿Usted se ha enamorado alguna vez?”, le pregunta a Sonia. “Yo sí y duele”, confiesa.
Nos enseña un crucifijo de madera tallada, su posesión más valiosa, y golpea con la palma de la mano el suelo humedecido. Don Mario suelta unas palabras tan amargas como auténticas. “Esto es la realidad”.
2.45 horas
Casa del Voluntario
Ha sido una noche “light” según el análisis de los voluntarios. No hubo que llevar enfermos a la urgencia del hospital, los que suelen estar ebrios ahora lucían sobrios y la bodega de la estación tenía pocos huéspedes, a diferencia de días en que un gran fogón cobija a un grupo diverso: caminantes, temporeros, hippies e incluso gente que huye de la justicia. Oramos otra vez y Claudia cierra la puerta. En casa nos espera una cama cómoda. Por desgracia son muchos quienes aún carecen de bienes tan elementales.
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Cristian Cortínez, coordinador Voluntariado Hogar de Cristo
“Existen personas con daños muy profundos”
- ¿Qué factores llevan a una persona a vivir en la calle?
- Por lo general son problemas personales, como por ejemplo separaciones, pérdida de su fuente laboral, alcoholismo y dependencia de drogas. Otro de los factores son de salud mental, como esquizofrenias no tratadas y retraso cognitivo. Algunas personas viven en situación de calle por opción, es decir, eligen vivir sin ataduras sociales como depender de un sueldo y salir del consumismo, pero es la minoría.
- ¿Puede intervenirse de manera efectiva para sacarlos de su situación o para ellos sólo queda la caridad? Caridad que contribuye a perpetuar el círculo, pues en la calle también viven personas sin discapacidades y en plena edad laboral.
- La manera en que el Hogar de Cristo busca la inclusión social de las personas en situación de calle es primero reconociéndolos como personas. Otro trabajo que se debe realizar es el que le compete a la sociedad en su conjunto, llámese Estado, organizaciones no gubernamentales, la sociedad civil, etcétera. El Estado junto al Hogar de Cristo y otras instituciones han dado el primer paso que es reconocerlos a través de un censo realizado en junio del año 2005. El paso siguiente se está gestionando en el Congreso para crear políticas públicas para las personas en situación de calle. Se debe trabajar en forma individual con cada una de estas personas, ya que cada una es un mundo diferente con necesidades diferentes. Sería ilusorio decir que todas las personas pueden salir de su situación de calle, ya que existen personas con daños muy profundos. Debo clarificar que estas personas son ciudadanos con derechos como el resto de la sociedad. La importancia del trabajo de promoción es darle a conocer sus derechos y fortalecer sus propias capacidades personales para que salgan de su situación de calle y así mejorar su calidad de vida.