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Un festival rasca

Ay Tonka. Es una vergüenza que tus nada discretos honorarios fuesen insuficientes para contratar un curso de inglés básico y así hilvanar de manera decente un diálogo con quienes, como el legendario Peter Frampton, no entienden castellano. Una de las tantas dudas que me asaltan en esta semana que anualmente convierte a Chile en el más bananero de los países tercermundistas.

La televisión sugiere que todo transcurre sobre el escenario de la Quinta Vergara, espejo de una nación encandilada con el neón, pero pueblerina y carente de estilo. Porque nada es tan patético como gastar horas de transmisión en elaborar académicos análisis sobre el atuendo de los animadores o la disputa entre las pseudo divas de turno.

Cuando retomamos las actividades periodísticas de Ojo de Pez, tropezamos con este salvavidas de una prensa que se vuelve floja en la temporada estival. Los propios reporteros se comportan como hienas frente al desfile de culos que rodea al evento musical. ¿Acaso no habrá otros huesos más interesantes que roer?

En Rancagua dan ganas de ¿vivir?

Es un tanto patético que los únicos hitos de una ciudad productora de cobre y por ende de riqueza, sean un par de esculturas del mismo metal instaladas sin mucho sentido estético en distintos puntos de Rancagua. Sí, porque si pensamos cómo se traducen las ganancias de nuestra gran carta de presentación en la economía mundial nos damos cuenta que la triste verdad es que en nada. Seguimos a la zaga en investigación, espectáculos artísticos, innovación arquitectónica, recuperación patrimonial. Somos una ciudad que provoca deseos de huir.

Repasemos. Si otras urbes organizan festivales de talla internacional durante el verano, en esta zona de prosperidad debemos conformarnos que un show que no dista mucho de lo que ofrecería una quinta de recreo, con todo el respeto que merecen esos sitios de esparcimiento. El aniversario fundacional es la cumbre máxima del perreo, sucumbimos a la urgencia de ostentar un récord sin sentido ordenando la manufactura de una chupalla de proporciones descomunales, en lugar de utilizar ese dinero en causas más nobles, como la esterilización de perros abandonados o entrega de subsidios a quienes no tienen dinero para pagar por sus servicios básicos.

Me gustaría que la bonanza se reflejara en algo más que las compras compulsivas de automóviles y pantallas de plasma de última generación. En carnavales que no hacen más que ensuciar aún más nuestras calles. En tomar como tarea algo más trascendente que instalar un casino de juegos. Si somos una ciudad pudiente, ¿dónde está ese poderío en la educación, las artes, la calidad de vida? Quisiera vivir en un Rancagua convertido en una CIUDAD con todas sus letras y no en una aldea con aspiraciones de metrópoli.

Solidaridad y otras yerbas

Don Francisco asegura que los chilenos somos solidarios. Yo discrepo. Es casi un mito urbano aquello de nuestra generosidad, la que llegaría a su máxima expresión en las “27 horas de amor” que tendremos que ingerir, a menos que disponga de televisión por cable o resista la tentación de ver a tanto pseudo artista junto por tan noble causa.

No me malentienda. Yo adoro a los niños. Así como a los animales, los minusválidos, las mujeres y cualquier otro ser en desgracia. Pero no me gusta que me vendan la pomada esa de que somos campeones mundiales en empatía, sólo porque después de mirar horar de imágenes de pequeños amputados, que viajan dos días para rehabilitarse en centro médicos, acudimos a un banco como purga por todo lo poco solidarios que somos el resto del año.

Si este país fuese así de fraterno no permitiría que tantos de sus hijos vivan en la marginalidad, perciban sueldos de hambre que ni siquiera les permiten sobrevivir la primera quincena del mes, o se le niegue justicia a quienes aún no saben donde permanecen los restos de sus familiares desaparecidos durante la dictadura militar. No señores, no me compro el discurso barato de ese maestro de la lágrima fácil, ¿y usted?

Cabildos Culturales

Quienes asistimos a la poco publicitada conferencia de Claudio Di Girólamo en Rancagua con el propósito de profundizar en los temas de cultura y participación ciudadana concluimos que los cabildos fueron inútiles y reflejan entre otras cosas, que la materia es tratada de manera amateur, por una camarilla de gestores culturales movidos por una concepción hippie, de sueños y encuentro colectivo que a fin de cuentas no arroja resultados trascendentes.

Una casualidad me llevó al Salón O’Higgins el miércoles 14 de noviembre. Penaban las ánimas. Durante la ronda de preguntas alguien aludió a la escasa convocatoria de las asambleas donde se debaten temas culturales. Yo le respondo que es bien difícil aumentar el quorum si las personas ni siquiera son invitadas. Da la impresión que las ideas provienen siempre de las mismas gentes. Un círculo reducido de artistas e intelectuales que podrán ser muy notables en sus disciplinas, pero no los únicos, y quiéranlo o no han convertido este insumo en privilegio de unos cuantos. A veces, ni siquiera los más capacitados. La democracia nos devolvió las calles para llenarnos de malabaristas y batucadas. Manifestaciones respetables, pero reitero, no las únicas.

Si bien es cierto hay una cuota de responsabilidad personal al no acercarse a las instituciones a plantear propuestas, no es menos cierto que los organismos públicos deben hacer honor a sus nombres rimbombantes e indagar más allá de la superficie. Si de antemano sabemos que se nos recibirá con una sonrisa afable, pero luego, si te he visto no me acuerdo, no provoca mucho deseo regalar nuestras ideas. Señor Di Girólamo, para mejorar este “país de mierda” no bastan las buenas intenciones.

Simce: carrera hacia ninguna parte

Se ha convertido en la obsesión de los sostenedores, como si fuese la prueba irrefutable de que las escuelas están cumpliendo su tarea. Los resultados del examen se presentan como trofeo de guerra durante la temporada de matrículas, como si no estuviese meridianamente claro que casi siempre los altos puntajes y/o mejoras ostensibles entre un proceso y otro son antecedidos por un entrenamiento que ya quisiera la selección de fútbol.

Para bien o para mal, es la medida utilizada por papás que sin duda buscan éxito profesional para sus hijos, pero que restringen el concepto de educación a un resultado puntual, de un grupo específico de personas. Pienso que el instrumento ha desvirtuado su propósito y para los colegios, se ha transformado en un fin y no en un medio, cuando es uno más dentro de un universo de indicadores que debieran esclarecernos el panorama respecto a cómo funciona una institución educacional.

No pretendo invalidar el método. Pero a la hora de buscar un colegio debiesen ser muchos más los factores a considerar. Si bien la familia no puede eludir su responsabilidad formadora y depositar al niño en una suerte de guardería, el tiempo que los estudiantes pasan dentro de la escuela es demasiado extenso como para ver al colegio como un simple facilitador de conocimientos.