
El Cine Rex durante la década de los noventa.
La prolongada agonía del Cine Rex llegó a su fin. Desde la exhibición de la última película y el remate del proyector y las butacas no había demasiado lugar para idealismos. La cinematografía como se había conocido hasta entonces en el país ya no era rentable. La irrupción de complejos transnacionales equipados de tecnología de punta aniquiló la mística de antaño. Los cines a la antigua no tenían más destino que proyectar cintas triple equis en la oscuridad de alguna decadente galería comercial o convertirse en afiebrados templos protestantes que convocaban más fieles que espectadores en día de estreno.
El destino parecía inevitable, aunque durante un par de años los viejos estandartes dieran postreros estertores en forma de pelea contra los consorcios multisalas que proliferaron en las principales urbes chilenas. Primero reinventándose a la manera de los cines gringos, palomitas de maíz incluidas, u ofreciendo sus instalaciones para la realización de espectáculos musicales o revisteriles.
Nadie cayó en la cuenta de que se trataba de un patrimonio que imploraba tanta protección como la Ex Cárcel de Rancagua, caballito de batalla de los autodenominados gestores culturales. Los alcaldes que vivieron el período de la caída, faltos de visión, no advirtieron que en su señorial infraestructura tenían al alcance de la mano el espacio perfecto para entregarle a la ciudad el postergado teatro municipal en lugar de invertir años y dinero en la construcción de un recinto sin historia ni identidad.
Lo que hoy yacen son escombros, butacas cercenadas, locales vacíos y oficinas abandonadas. Inevitable recordar las películas animadas que fui a ver con mi abuela. Los rotativos cuando llegabas en cualquier minuto de la cinta, porque si te perdías el comienzo podías quedarte para verlo cuando empezara de nuevo la proyección. O los programas dobles que ponían a prueba tus esfínteres pues preferías postergar el baño a omitir una escena trascendental en la trama.

Las añosas butacas en la fase de desmantelamiento.
Siempre pensaba que sucedería si fuese necesario utilizar la puerta que decía “ESCAPE”. Y la única vez que vi un lleno total fue para la que en su época prometía ser la última parte de las películas de Freddy Krueger, cuando a la entrada te pasaban un par de anteojos para ver imágenes en tercera dimensión que eran lo máximo en tecnología y entre tanta gente pugnando por conseguir gafas una mano agarró mi trasero de escolar.
La desaparición del Cine Rex cierra el círculo de los espacios que configuraron la ciudad de mi infancia, como la Farmacia De Geyter o la calle Independencia cuando no era vía peatonal. No soy amiga de las nostalgias solo porque sí. Es sólo que a veces las cosas serían mejores si permanecieran como se pensaron en un principio.